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jueves, julio 16, 2026

Lo que aprendí del terremoto

 

Vivo en Venezuela, en un año he presenciado dos eventos históricos (solo por hablar del 2026), en enero se llevaron al presidente (minúsculas merecidas), desde mi balcón, a escasos kilómetros del sitio donde se guarecían esos oscuros personajes, la metralla junto al estruendo las bombas alumbraron de madrugada el apartamento alquilado donde vivo con mi esposa y mi gata. Seis meses más tarde, la tierra se sacudió dos veces y solo bastaron veinte segundos para acabar con todo, quien no perdió la familia, perdió su casa, su trabajo, sus familias y hasta las ganas de vivir, personalmente soy de los afortunados que solo perdió los nervios, tengo la familia intacta,  donde vivir (y como pagarlo) , tengo trabajos varios, los proyectos siguen su camino y cada día me fuerzo a encender mi pc para ver como hacer crecer lo que hago hasta llegar al punto en que quiero estar, en términos de negocios apenas vivo en el punto de equilibrio, pero siendo Venezuela, eso es ya un avance.

Hace unos años intenté huir del país, me fui buscando un viento que jamás llegó , fue un muy mal experimento pero tuvo su parte amable, descubrí que por todo el continente la gente se queja de lo mismo, a pesar de mi sorpresa, porque consideraba que en todos los países por donde pasé la gente vivía mucho mejor que acá , igual se quejaban de un abanico de asuntos que iban desde lo muy serio hasta lo ridículo, todos esgrimían razones que consideraban de peso, afortunadamente soy un hombre educado y cuando estás en casa ajena o te amoldas o te vas, en esa filosofía solo escuchaba a los demás y pensaba en cuan injusto es ese asunto de quejarse si ellos vivían como reyes en comparación con cualquier venezolano del montón (como yo) en plena crisis del 2017.

Mucha agua ha corrido bajo el puente, las crisis venezolanas desde el 2013, la pandemia, la devaluación constante que le quitó 14 ceros a la moneda hasta llegar a ganar un sueldo que equivalía a un dólar mensual, pero el 2026 fue la cereza del pastel.

Una de las enseñanzas del terremoto del 24 de julio fue que en realidad nada importa mucho, no tiene sentido alguno desgastarse en nada que no sea de provecho, lo que no está en control tampoco merece mucho mi atención, no es que me importe nada el horror que sucede en mi país, es que tampoco puedo hacer mucho más y mi ya lastimada psique va a terminar por colapsar, eso me destruye solo a mi , a mi familia mientras el mundo seguirá girando sin enterarse de mi existencia, en todo caso los pocos que me recuerden tendrán que seguir sus vidas, el olvido es el destino forzado de casi todos, así que tampoco tiene mucho sentido amargarse por cosas que están fuera de mi control.

Lo que si tiene mucho sentido es tomarse un respiro, mirar lo afortunados que somos los que aun caminamos por la tierra , que tenemos trabajo, techo, comida caliente, agua corriente , familia e inteligencia como para buscarse la vida, lo que debemos hacer es enfocar toda la impotencia, la bronca, la impaciencia y (si, lo voy a decir) el odio ante las injusticias para transformarlo en formas creativas que generen más recursos, enfocar toda esa negatividad , algo natural cuando llevas años en la precariedad, en ser más productivos , si no hay empleo púes te reinventas, ofreces un servicio, ¿no quieres reinventarte? Pregunta a la IA que puedes hacer, aprende un oficio, ayuda de la manera que puedas, pero jamás te desgastes en cosas que no tienes en control, es como enfurecerse por la lluvia, no importa cuanto te molestes, lloverá , entonces, en vez de desgastarte pensando en como odias la lluvia pues  compras un paraguas, buscas formas creativas para quitar las goteras y quizás hasta encuentres alguna forma de aprovechar el agua en exceso que te cae del cielo, pues lo mismo pasa con la bronca, hay que enfocarla en asuntos productivos.

20 segundos en un quinceavo piso cambiaron mi visión de la vida, 20 segundos escasos (en algunos casos menos) bastan para cambiarlo todo, ¿la lección?, hay que vivir, disfrutar y no perder el tiempo en nada que no esté en control, si acaso señalarlo para aprovechar la ola de las redes sociales para formar parte del cambio, amanecerá y veremos.

Prof. José Ramón Briceño Diwan

Caracas 16/07/2026




jueves, julio 02, 2026

Después del terremoto

 Hace muchos años que no salgo cámara en mano a registrar nada. Entre las distintas crisis, la pandemia, la cuarentena y los sueldos miserables, el asunto ha sido álgido; tanto como para pensar que, a estas alturas del partido, ya lo había vivido todo y nada me daba miedo. No me voy a extender en mis aventuras porque ya no tiene mucho sentido hacerlo; quizás lo único válido para comentar es que estos últimos cinco años de mi vida han sido tan duros como gratificantes. Con mucho trabajo, dedicación, angustias y ansiolíticos, mi esposa y yo hemos batallado día a día para ir saliendo de la espiral de indigencia a la que nos vimos sometidos por la dinámica económica nacional: una cuestión de disciplina, esfuerzo intelectual y resiliencia ante los imprevistos. Así estuvimos hasta el 3 de enero, cuando nos despertó una tanda de explosiones que, a pesar de estar a unos kilómetros, se sentían casi al frente del edificio; tanto como para pensar que no la íbamos a contar. Por «suerte», habíamos calculado los distintos escenarios imaginarios y, como lo esperábamos, no entramos en pánico e hicimos lo que teníamos previsto hacer: encerrarnos en el espacio más seguro del apartamento y esperar lo mejor; que si llegaba lo peor, al menos nos agarraría juntos como familia.

Por supuesto, fueron unas semanas de incertidumbre total, con la natural falta de comunicaciones claras en todos los niveles, pero como estábamos en pie y no nos pasó nada, pues seguimos con nuestra vida. Por suerte ambos somos profesionales y (afortunadamente) trabajo no nos ha faltado; pudimos sacarnos la niebla mental del susto y continuar con nuestras vidas hasta el 24 de junio del año 2026 a las seis de la tarde. Estábamos en proceso de cerrar el día de trabajo (trabajamos en remoto); mientras discutíamos sobre la cena, sonó la alarma de Google. Mientras nos mirábamos con desconcierto por la novedad, pensando que era algún tipo de estafa como tantas, el piso comenzó a moverse. Vivimos en un piso 15; por tanto, se sintió fortísimo el temblor. Solo atinamos a tomarnos de la mano, gritar y (creo que en el segundo 6 o 7), mientras pensábamos que el mundo se acababa para nosotros, solo atinaba a esperar el crujido del edificio con el que caeríamos, y hasta ahí no más; mi esposa luego me diría que solo rogaba que fuese rápido y que no doliese.

Cuando todo terminó, nos vestimos, tomamos a nuestra gata y bajamos los quince pisos por las escaleras para encontrarnos con el espectáculo de todos los vecinos en las áreas libres del urbanismo, especialmente lejos de donde pudiesen caer escombros en caso de que el edificio colapsara; fue la segunda vez en seis meses que pensé que no amanecería. Subimos a casa tres horas más tarde. Afuera no había señal de teléfono y en casa, a pesar del miedo, al menos había wifi para comunicarnos con todos los seres queridos que nos quedan en el país (la mayoría de la familia y amigos han migrado), además de comunicarnos con todos los que nos escribieron para saber de nosotros, por lo que estoy muy agradecido, por cierto.

No puedo quejarme de mi situación, aunque la indefensión sigue intacta (o peor, según se mire). No se nos cayó la casa, nadie murió en la familia, mantenemos la vida; pero debo confesar que desde el día de San Juan me cuesta hilar dos ideas juntas. No hay momento en el que no me asalte la imagen y el sonido del terremoto: la cara de horror de mi esposa, los gritos de los vecinos, la cacofonía de los platos, ollas, gabinetes, clósets y puertas sacudiéndose, además del bramido de la tierra; todo en un solo recuerdo demoledor que pasa como una apisonadora para forzarme a vivir entre el ruido y la furia, solo que con el miedo incrustado en el medio.

Lo que sucede en La Guaira y otras zonas del país parece sacado de una novela de horror al estilo de la Guerra Fría; de hecho, creo que cuando todo se asiente y comiencen los escritores a buscar argumentos para novelas de horror, estas historias serán parte de los argumentos, dejando en claro que la única diferencia entre la realidad y la ficción es que esta última tiene reglas; la realidad no, y para muestra están los políticos, los militares y los policías de este país, cuyo accionar deja pálido cualquier otro relato: todos ellos son buenas gentes hasta que les ordenan lo contrario.

Tengo una semana intentando escribir; poco a poco me obligo a trabajar, pues, a pesar de todo, toca seguir trabajando para poder comer. Aunque me preocupa el futuro, me resisto a la idea de hacer escenarios posibles: que sea lo que la providencia decida. Solo espero que la próxima vez que sienta que estoy por morir sea en serio y el universo deje de jugar conmigo esta suerte de obra macabra donde cada seis meses me hace asustarme al máximo. Ya tengo más de 50 años; no se supone que uno deba vivir de sobresalto en sobresalto. Yo, que ni siquiera me subo a una montaña rusa por pensar que no tiene sentido andar torturándose con sustos innecesarios... Además, ahora creo que ya nada me asusta. Amanecerá y veremos; vienen tiempos duros, pero somos mucho más duros que ellos.

José Ramón Briceño Diwan 02/07/2026