Hace muchos años que no salgo cámara en mano a registrar nada. Entre las distintas crisis, la pandemia, la cuarentena y los sueldos miserables, el asunto ha sido álgido; tanto como para pensar que, a estas alturas del partido, ya lo había vivido todo y nada me daba miedo. No me voy a extender en mis aventuras porque ya no tiene mucho sentido hacerlo; quizás lo único válido para comentar es que estos últimos cinco años de mi vida han sido tan duros como gratificantes. Con mucho trabajo, dedicación, angustias y ansiolíticos, mi esposa y yo hemos batallado día a día para ir saliendo de la espiral de indigencia a la que nos vimos sometidos por la dinámica económica nacional: una cuestión de disciplina, esfuerzo intelectual y resiliencia ante los imprevistos. Así estuvimos hasta el 3 de enero, cuando nos despertó una tanda de explosiones que, a pesar de estar a unos kilómetros, se sentían casi al frente del edificio; tanto como para pensar que no la íbamos a contar. Por «suerte», habíamos calculado los distintos escenarios imaginarios y, como lo esperábamos, no entramos en pánico e hicimos lo que teníamos previsto hacer: encerrarnos en el espacio más seguro del apartamento y esperar lo mejor; que si llegaba lo peor, al menos nos agarraría juntos como familia.
Por supuesto, fueron unas semanas de incertidumbre total, con la natural falta de comunicaciones claras en todos los niveles, pero como estábamos en pie y no nos pasó nada, pues seguimos con nuestra vida. Por suerte ambos somos profesionales y (afortunadamente) trabajo no nos ha faltado; pudimos sacarnos la niebla mental del susto y continuar con nuestras vidas hasta el 24 de junio del año 2026 a las seis de la tarde. Estábamos en proceso de cerrar el día de trabajo (trabajamos en remoto); mientras discutíamos sobre la cena, sonó la alarma de Google. Mientras nos mirábamos con desconcierto por la novedad, pensando que era algún tipo de estafa como tantas, el piso comenzó a moverse. Vivimos en un piso 15; por tanto, se sintió fortísimo el temblor. Solo atinamos a tomarnos de la mano, gritar y (creo que en el segundo 6 o 7), mientras pensábamos que el mundo se acababa para nosotros, solo atinaba a esperar el crujido del edificio con el que caeríamos, y hasta ahí no más; mi esposa luego me diría que solo rogaba que fuese rápido y que no doliese.
Cuando todo terminó, nos vestimos, tomamos a nuestra gata y bajamos los quince pisos por las escaleras para encontrarnos con el espectáculo de todos los vecinos en las áreas libres del urbanismo, especialmente lejos de donde pudiesen caer escombros en caso de que el edificio colapsara; fue la segunda vez en seis meses que pensé que no amanecería. Subimos a casa tres horas más tarde. Afuera no había señal de teléfono y en casa, a pesar del miedo, al menos había wifi para comunicarnos con todos los seres queridos que nos quedan en el país (la mayoría de la familia y amigos han migrado), además de comunicarnos con todos los que nos escribieron para saber de nosotros, por lo que estoy muy agradecido, por cierto.
No puedo quejarme de mi situación, aunque la indefensión sigue intacta (o peor, según se mire). No se nos cayó la casa, nadie murió en la familia, mantenemos la vida; pero debo confesar que desde el día de San Juan me cuesta hilar dos ideas juntas. No hay momento en el que no me asalte la imagen y el sonido del terremoto: la cara de horror de mi esposa, los gritos de los vecinos, la cacofonía de los platos, ollas, gabinetes, clósets y puertas sacudiéndose, además del bramido de la tierra; todo en un solo recuerdo demoledor que pasa como una apisonadora para forzarme a vivir entre el ruido y la furia, solo que con el miedo incrustado en el medio.
Lo que sucede en La Guaira y otras zonas del país parece sacado de una novela de horror al estilo de la Guerra Fría; de hecho, creo que cuando todo se asiente y comiencen los escritores a buscar argumentos para novelas de horror, estas historias serán parte de los argumentos, dejando en claro que la única diferencia entre la realidad y la ficción es que esta última tiene reglas; la realidad no, y para muestra están los políticos, los militares y los policías de este país, cuyo accionar deja pálido cualquier otro relato: todos ellos son buenas gentes hasta que les ordenan lo contrario.
Tengo una semana intentando escribir; poco a poco me obligo a trabajar, pues, a pesar de todo, toca seguir trabajando para poder comer. Aunque me preocupa el futuro, me resisto a la idea de hacer escenarios posibles: que sea lo que la providencia decida. Solo espero que la próxima vez que sienta que estoy por morir sea en serio y el universo deje de jugar conmigo esta suerte de obra macabra donde cada seis meses me hace asustarme al máximo. Ya tengo más de 50 años; no se supone que uno deba vivir de sobresalto en sobresalto. Yo, que ni siquiera me subo a una montaña rusa por pensar que no tiene sentido andar torturándose con sustos innecesarios... Además, ahora creo que ya nada me asusta. Amanecerá y veremos; vienen tiempos duros, pero somos mucho más duros que ellos.
José Ramón Briceño Diwan 02/07/2026

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