Una de las verdades inobjetables
de la vida es que el 99,999 % de la población pasará al olvido en dos
generaciones. El resto está constituido por los genios a quienes se les rinden
homenajes. Por esa razón estoy convencido de que pertenezco a la abrumadora
mayoría de NPC que pulula en el mundo. Por tanto, mi opinión es absolutamente
irrelevante; así que, con tal de que yo me lo crea, voy bien. Aceptar eso me ha
dado no solo la libertad, sino también la calma de saber que todo lo que sucede
a mi alrededor está totalmente fuera de mi control. ¿Y si no hay modo de
evitarlo? Se aprende a vivir con ello y se busca la vuelta, sin peleas ni
broncas que me envejecen más y no causan ningún efecto.
Entre la barahúnda de miedo,
gusto, susto y preocupación de estos días, eso de vivir en un país en guerra
con un tercero más grande es algo que solo sucede en las películas y los
noticieros. Pero hoy día estoy viendo en primera fila cómo se va fraguando la
condición para una escabechina nivel siglo XIX. Lo único que reconforta es que
soy un sobreviviente: crecí pescando, flojeando en la playa, perdido entre
niños sin supervisión paterna; entre fracturas, accidentes serios como una
electrocución cercana a la muerte y todas las barbaridades de la juventud en mi
Maracay natal, donde, por alguna razón, los madrazos son parte de los rituales
de crecimiento. Tres días de guerra no me van a matar, a menos que se me ocurra
salir a ver el panorama, tomar fotos —de eso no estoy muy seguro de no querer
hacerlo— o que un misil perdido termine en la sala de mi apartamento alquilado.
Voltear a ver los últimos 25 años
de historia nacional será un acto (casi) tan vergonzoso como la historia de la
Alemania nazi. La peor parte es que parece ser una costumbre nacional casi
desde la misma concepción de lo que hoy llamamos país. Hacer ese ejercicio,
llenándome de historia nacional por todas las fuentes posibles, me obliga a
confirmar mi tesis: “Entre la realidad y la ficción, lo único que las
diferencia es que la ficción tiene reglas”. En palabras de García Márquez,
quien sabía de esto mucho más que yo: “La diferencia entre la realidad y la
ficción es de forma, no de fondo”.
Ambas sentencias me permiten
pensar en la evolución de los escenarios posibles: las cacerías de brujas, los
presos, la militarización (sí, se puede más) durante tiempo indefinido, las
escabechinas de todo el malandraje suelto que serán inevitables, la desbandada
de militares desempleados, los miles de generales sin empleo ni mando, los
gerentes, ministros, gobernadores, alcaldes y todo su personal de confianza
bajo investigación, el vacío de poder, los empleos de quienes pertenecemos al
60 % de la fuerza laboral del país… Vale, no es mi único empleo, pero no está
fácil perderlo y quedar empantanado para siempre jamás. También están los
policías y similares desempleados. En total, va a ser un despelote de nivel
imposible.
Todos se hacen los locos. Nadie
parece darse cuenta, salvo en los crispados rostros de policías, militares y la
inmensa cantidad de encapuchados —no menos preocupantes— que deben tener un
empleo tan degradante que necesitan esconder sus rostros. También en las redes
sociales y en las casas donde hay milicianos, pobres seres. Todo eso traerá una
limpieza tan grande que será horrible, pero es el precio que ha de pagarse por
dejar de reptar para ganar apenas lo suficiente para sobrevivir, sin importar
mucho lo que hagas, sobre todo para quienes trabajamos con el intelecto.
Cuando era niño, por alguna razón
vi muchas películas donde grandes ejércitos se enfrentaban a campo abierto. La
mayoría de los niños veía al héroe; yo pensaba en cuánto miedo tendrían esos
hombres antes de batirse a cuchillo con otros tantos que tenían la misma
intención. La mayoría de los soldados no tiene voz ni voto: van a la carnicería
forzados por la recluta. Todo lo que ahí sucede es cuestión del lavado cerebral
de los militares. Pero en estos tiempos, donde los ejércitos no se enfrentan de
verdad desde 1905, habrá dos opciones: entregas voluntarias y otras violentas.
En este último caso, no tendrán mucho chance. En Venezuela hay más oficiales
que tropa; casi ninguno se entrena con la regularidad debida (los que
entrenan), y el resto solo conserva lo aprendido en su juventud.
La historia es una profesora
sangrienta y cruel que jamás aprueba a nadie con la máxima nota. Y la mayoría
somos unos estudiantes mediocres. Así que amanecerá y veremos: que los míos
estén bien, que el enemigo desaparezca y que el mundo se tiña de colores.
José Ramón Briceño Diwan
Caracas 08/09/2025
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