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jueves, noviembre 05, 2026

DMAIC para Venezuela: una hoja de ruta Lean Six Sigma para reconstruir la economía


 

Soy de los que piensa que las herramientas están allí para usarse, en este tramo del siglo XXI están por todos lados y hasta son gratis, lo que hace falta es un poquito de voluntad para hacer las preguntas correctas desde la óptica acertada para empezar a encontrar las respuestas, de hecho, pienso que una vez visto el problema es más fácil enfrascarse en la solución. Luego de tanto investigar y escribir para el Lean Six Sigma Institute, uno termina aprendiendo unas cuantas cosas útiles, que en combinación con una IA informada (como Grok) puede hacer análisis y encontrar soluciones.

Por supuesto, no soy político, no tengo poder alguno, pero me plantee un ejercicio intelectual. ¿Qué haría un Máster Black Belt para mejorar Venezuela?, acá les dejo la respuesta de Grok. Lo más interesante no es solo que suena verosímil, es que si yo, que no soy más que un mortal del montón, puedo investigar y preguntar, ¿Por qué razón los políticos no lo hacen?

 

DMAIC para Venezuela: Una hoja de ruta Lean Six Sigma para reconstruir la economía

Venezuela atraviesa una etapa de recuperación frágil después de la mayor contracción económica en tiempos de paz de la historia moderna. Entre 2014 y 2021 el Producto Interno Bruto real se contrajo cerca del 75 %. Hoy, en noviembre de 2026, el país muestra crecimiento estimado entre 5 % y 6,8 % para este año, producción petrolera cercana a 1,2 millones de barriles diarios y una inflación mensual que en octubre bajó a 6,2 %, la más baja en 24 meses. Sin embargo, la inflación acumulada del año supera el 240 %, la pobreza por ingresos se mantiene por encima del 70 %, los servicios públicos siguen colapsados y el salario mínimo permanece congelado en 130 bolívares desde 2022. El crecimiento actual es, en gran medida, un rebote desde el sótano impulsado por el petróleo y la dolarización de facto, no por mejoras estructurales de productividad.Ante este panorama, la metodología DMAIC (Define, Measure, Analyze, Improve, Control) de Lean Six Sigma ofrece un marco disciplinado, basado en datos y orientado a resultados, para transformar la economía venezolana.

A continuación, se presenta una propuesta concreta de aplicación a escala nacional.

Define: Definir el problema y el objetivo

El problema central es claro: la economía opera muy por debajo de su potencial. El “cliente” —la población venezolana— recibe un producto de baja calidad: precios inestables, servicios deficientes, empleo precario e incertidumbre permanente. El objetivo del proyecto debe ser medible y ambicioso pero realista: en un horizonte de 36 a 48 meses reducir la inflación anual por debajo del 40 %, elevar la producción petrolera sostenible a 1,8-2,0 millones de barriles diarios, recuperar al menos 15-20 puntos porcentuales del PIB perdido respecto a 2013-2014, mejorar sustancialmente la continuidad de electricidad y agua, y aumentar la formalización económica. El alcance prioritario incluye el sistema monetario-cambiario, el value stream petrolero, la infraestructura de servicios públicos, la burocracia estatal y el capital humano.

Measure: Medir la situación actual, sin datos confiables no hay mejora.

Los indicadores clave de noviembre de 2026 muestran:

  • PIB nominal alrededor de 100-110 mil millones de dólares.
  • Producción petrolera de 1,206 millones de barriles diarios (septiembre).
  • Inflación mensual de 6,2 % en octubre y acumulada cercana a 245 % en los primeros diez meses.
  • Tipo de cambio oficial cercano a 895 bolívares por dólar.
  • Reservas internacionales de aproximadamente 13 mil millones de dólares.
  • Pobreza de ingresos superior al 70 %.

Estos números revelan alta variación y baja capacidad de proceso. Se requieren tableros públicos transparentes que midan en tiempo real inflación, tipo de cambio, OEE (efectividad global de equipos) de la industria petrolera, disponibilidad de servicios y tiempos de trámites empresariales.

Analyze: Analizar las causas raíz

Las causas profundas se agrupan en seis categorías clásicas:

  • Procesos: burocracia excesiva, politización de PDVSA y empresas públicas, ausencia de mantenimiento preventivo.
  • Personas: emigración masiva de talento técnico y profesional, salarios reales irrisorios.
  • Activos: infraestructura petrolera, eléctrica y de agua en estado crítico.
  • Materiales: dependencia de insumos importados y cadenas de suministro frágiles.
  • Medición: años de opacidad estadística que impidieron decisiones basadas en hechos.
  • Entorno: legado de inseguridad jurídica, deuda en default y debilidad institucional.

El mapa de flujo de valor de alto nivel muestra que el proceso principal (petróleo → divisas → gasto → consumo) está lleno de esperas, sobreprocesamiento burocrático y defectos (apagones, escasez de agua, inflación).

Improve: Mejorar de forma priorizada

Las acciones deben secuenciarse por impacto y esfuerzo:

  1. Estabilizar el proceso monetario y cambiario con disciplina fiscal y mayor transparencia del Banco Central.
  2. Rehabilitar el value stream petrolero mediante mantenimiento productivo total, joint ventures con operadores internacionales y contratos basados en métricas de desempeño.
  3. Eliminar desperdicios burocráticos: ventanillas únicas digitales, reducción drástica de lead times de permisos y rebalanceo de la carga tributaria entre formal e informal.
  4. Recuperar infraestructura crítica de electricidad y agua con asociaciones público-privadas sujetas a indicadores de servicio medibles.
  5. Formalizar la economía e impulsar el crédito productivo.
  6. Atraer y retener talento mediante salarios indexados a productividad y programas selectivos de repatriación.
  7. Diversificar de manera controlada, concentrando esfuerzos en tres a cinco cadenas de valor con alto potencial.

Cada iniciativa debe ejecutarse como un proyecto DMAIC o Kaizen con equipos multidisciplinarios, metas claras y revisión periódica.

Control: Controlar y sostener los resultados

La fase más crítica, sin control, las mejoras se revierten, se necesita:

  • Tableros públicos de indicadores clave con límites estadísticos de control.
  • Auditorías independientes y revisiones de gemba (ir al lugar real donde ocurre el trabajo).
  • Despliegue de objetivos estratégicos (Hoshin Kanri) alineados entre gobierno, sector privado y sociedad.
  • Capacitación masiva en herramientas Lean Six Sigma en el sector público y privado.
  • Cultura de mejora continua y rendición de cuentas basada en datos.

 

DMAIC no es una receta mágica ni un discurso político. Es un método riguroso que obliga a definir con precisión, medir con honestidad, analizar con profundidad, mejorar con disciplina y controlar con constancia. Venezuela tiene reservas petroleras excepcionales, una ubicación estratégica y una población que ha demostrado enorme capacidad de adaptación. Lo que le ha faltado es un sistema de gestión de procesos orientado a la generación de valor y a la eliminación sistemática de desperdicios. Si se aplica con seriedad, DMAIC puede convertir la actual recuperación frágil en un crecimiento sostenible e inclusivo.

El momento es propicio: hay apertura a la inversión, reducción de algunas distorsiones y una creciente conciencia de que el país no puede seguir dependiendo únicamente del rebote petrolero. La pregunta ya no es si Venezuela puede recuperarse, sino si tendrá la disciplina de proceso para hacerlo de manera ordenada, medible y duradera.

La metodología está lista. Ahora corresponde la ejecución.



jueves, julio 16, 2026

Lo que aprendí del terremoto


 

Vivo en Venezuela, en un año he presenciado dos eventos históricos (solo por hablar del 2026), en enero se llevaron al presidente (minúsculas merecidas), desde mi balcón, a escasos kilómetros del sitio donde se guarecían esos oscuros personajes, la metralla junto al estruendo las bombas alumbraron de madrugada el apartamento alquilado donde vivo con mi esposa y mi gata. Seis meses más tarde, la tierra se sacudió dos veces y solo bastaron veinte segundos para acabar con todo, quien no perdió la familia, perdió su casa, su trabajo, sus familias y hasta las ganas de vivir, personalmente soy de los afortunados que solo perdió los nervios, tengo la familia intacta,  donde vivir (y como pagarlo) , tengo trabajos varios, los proyectos siguen su camino y cada día me fuerzo a encender mi pc para ver como hacer crecer lo que hago hasta llegar al punto en que quiero estar, en términos de negocios apenas vivo en el punto de equilibrio, pero siendo Venezuela, eso es ya un avance.

Hace unos años intenté huir del país, me fui buscando un viento que jamás llegó , fue un muy mal experimento pero tuvo su parte amable, descubrí que por todo el continente la gente se queja de lo mismo, a pesar de mi sorpresa, porque consideraba que en todos los países por donde pasé la gente vivía mucho mejor que acá , igual se quejaban de un abanico de asuntos que iban desde lo muy serio hasta lo ridículo, todos esgrimían razones que consideraban de peso, afortunadamente soy un hombre educado y cuando estás en casa ajena o te amoldas o te vas, en esa filosofía solo escuchaba a los demás y pensaba en cuan injusto es ese asunto de quejarse si ellos vivían como reyes en comparación con cualquier venezolano del montón (como yo) en plena crisis del 2017.

Mucha agua ha corrido bajo el puente, las crisis venezolanas desde el 2013, la pandemia, la devaluación constante que le quitó 14 ceros a la moneda hasta llegar a ganar un sueldo que equivalía a un dólar mensual, pero el 2026 fue la cereza del pastel.

Una de las enseñanzas del terremoto del 24 de julio fue que en realidad nada importa mucho, no tiene sentido alguno desgastarse en nada que no sea de provecho, lo que no está en control tampoco merece mucho mi atención, no es que me importe nada el horror que sucede en mi país, es que tampoco puedo hacer mucho más y mi ya lastimada psique va a terminar por colapsar, eso me destruye solo a mi , a mi familia mientras el mundo seguirá girando sin enterarse de mi existencia, en todo caso los pocos que me recuerden tendrán que seguir sus vidas, el olvido es el destino forzado de casi todos, así que tampoco tiene mucho sentido amargarse por cosas que están fuera de mi control.

Lo que si tiene mucho sentido es tomarse un respiro, mirar lo afortunados que somos los que aun caminamos por la tierra , que tenemos trabajo, techo, comida caliente, agua corriente , familia e inteligencia como para buscarse la vida, lo que debemos hacer es enfocar toda la impotencia, la bronca, la impaciencia y (si, lo voy a decir) el odio ante las injusticias para transformarlo en formas creativas que generen más recursos, enfocar toda esa negatividad , algo natural cuando llevas años en la precariedad, en ser más productivos , si no hay empleo púes te reinventas, ofreces un servicio, ¿no quieres reinventarte? Pregunta a la IA que puedes hacer, aprende un oficio, ayuda de la manera que puedas, pero jamás te desgastes en cosas que no tienes en control, es como enfurecerse por la lluvia, no importa cuanto te molestes, lloverá , entonces, en vez de desgastarte pensando en como odias la lluvia pues  compras un paraguas, buscas formas creativas para quitar las goteras y quizás hasta encuentres alguna forma de aprovechar el agua en exceso que te cae del cielo, pues lo mismo pasa con la bronca, hay que enfocarla en asuntos productivos.

20 segundos en un quinceavo piso cambiaron mi visión de la vida, 20 segundos escasos (en algunos casos menos) bastan para cambiarlo todo, ¿la lección?, hay que vivir, disfrutar y no perder el tiempo en nada que no esté en control, si acaso señalarlo para aprovechar la ola de las redes sociales para formar parte del cambio, amanecerá y veremos.

Prof. José Ramón Briceño Diwan

Caracas 16/07/2026




jueves, julio 02, 2026

Después del terremoto

 Hace muchos años que no salgo cámara en mano a registrar nada. Entre las distintas crisis, la pandemia, la cuarentena y los sueldos miserables, el asunto ha sido álgido; tanto como para pensar que, a estas alturas del partido, ya lo había vivido todo y nada me daba miedo. No me voy a extender en mis aventuras porque ya no tiene mucho sentido hacerlo; quizás lo único válido para comentar es que estos últimos cinco años de mi vida han sido tan duros como gratificantes. Con mucho trabajo, dedicación, angustias y ansiolíticos, mi esposa y yo hemos batallado día a día para ir saliendo de la espiral de indigencia a la que nos vimos sometidos por la dinámica económica nacional: una cuestión de disciplina, esfuerzo intelectual y resiliencia ante los imprevistos. Así estuvimos hasta el 3 de enero, cuando nos despertó una tanda de explosiones que, a pesar de estar a unos kilómetros, se sentían casi al frente del edificio; tanto como para pensar que no la íbamos a contar. Por «suerte», habíamos calculado los distintos escenarios imaginarios y, como lo esperábamos, no entramos en pánico e hicimos lo que teníamos previsto hacer: encerrarnos en el espacio más seguro del apartamento y esperar lo mejor; que si llegaba lo peor, al menos nos agarraría juntos como familia.

Por supuesto, fueron unas semanas de incertidumbre total, con la natural falta de comunicaciones claras en todos los niveles, pero como estábamos en pie y no nos pasó nada, pues seguimos con nuestra vida. Por suerte ambos somos profesionales y (afortunadamente) trabajo no nos ha faltado; pudimos sacarnos la niebla mental del susto y continuar con nuestras vidas hasta el 24 de junio del año 2026 a las seis de la tarde. Estábamos en proceso de cerrar el día de trabajo (trabajamos en remoto); mientras discutíamos sobre la cena, sonó la alarma de Google. Mientras nos mirábamos con desconcierto por la novedad, pensando que era algún tipo de estafa como tantas, el piso comenzó a moverse. Vivimos en un piso 15; por tanto, se sintió fortísimo el temblor. Solo atinamos a tomarnos de la mano, gritar y (creo que en el segundo 6 o 7), mientras pensábamos que el mundo se acababa para nosotros, solo atinaba a esperar el crujido del edificio con el que caeríamos, y hasta ahí no más; mi esposa luego me diría que solo rogaba que fuese rápido y que no doliese.

Cuando todo terminó, nos vestimos, tomamos a nuestra gata y bajamos los quince pisos por las escaleras para encontrarnos con el espectáculo de todos los vecinos en las áreas libres del urbanismo, especialmente lejos de donde pudiesen caer escombros en caso de que el edificio colapsara; fue la segunda vez en seis meses que pensé que no amanecería. Subimos a casa tres horas más tarde. Afuera no había señal de teléfono y en casa, a pesar del miedo, al menos había wifi para comunicarnos con todos los seres queridos que nos quedan en el país (la mayoría de la familia y amigos han migrado), además de comunicarnos con todos los que nos escribieron para saber de nosotros, por lo que estoy muy agradecido, por cierto.

No puedo quejarme de mi situación, aunque la indefensión sigue intacta (o peor, según se mire). No se nos cayó la casa, nadie murió en la familia, mantenemos la vida; pero debo confesar que desde el día de San Juan me cuesta hilar dos ideas juntas. No hay momento en el que no me asalte la imagen y el sonido del terremoto: la cara de horror de mi esposa, los gritos de los vecinos, la cacofonía de los platos, ollas, gabinetes, clósets y puertas sacudiéndose, además del bramido de la tierra; todo en un solo recuerdo demoledor que pasa como una apisonadora para forzarme a vivir entre el ruido y la furia, solo que con el miedo incrustado en el medio.

Lo que sucede en La Guaira y otras zonas del país parece sacado de una novela de horror al estilo de la Guerra Fría; de hecho, creo que cuando todo se asiente y comiencen los escritores a buscar argumentos para novelas de horror, estas historias serán parte de los argumentos, dejando en claro que la única diferencia entre la realidad y la ficción es que esta última tiene reglas; la realidad no, y para muestra están los políticos, los militares y los policías de este país, cuyo accionar deja pálido cualquier otro relato: todos ellos son buenas gentes hasta que les ordenan lo contrario.

Tengo una semana intentando escribir; poco a poco me obligo a trabajar, pues, a pesar de todo, toca seguir trabajando para poder comer. Aunque me preocupa el futuro, me resisto a la idea de hacer escenarios posibles: que sea lo que la providencia decida. Solo espero que la próxima vez que sienta que estoy por morir sea en serio y el universo deje de jugar conmigo esta suerte de obra macabra donde cada seis meses me hace asustarme al máximo. Ya tengo más de 50 años; no se supone que uno deba vivir de sobresalto en sobresalto. Yo, que ni siquiera me subo a una montaña rusa por pensar que no tiene sentido andar torturándose con sustos innecesarios... Además, ahora creo que ya nada me asusta. Amanecerá y veremos; vienen tiempos duros, pero somos mucho más duros que ellos.

José Ramón Briceño Diwan 02/07/2026




lunes, septiembre 08, 2025

Estos días


 

Una de las verdades inobjetables de la vida es que el 99,999 % de la población pasará al olvido en dos generaciones. El resto está constituido por los genios a quienes se les rinden homenajes. Por esa razón estoy convencido de que pertenezco a la abrumadora mayoría de NPC que pulula en el mundo. Por tanto, mi opinión es absolutamente irrelevante; así que, con tal de que yo me lo crea, voy bien. Aceptar eso me ha dado no solo la libertad, sino también la calma de saber que todo lo que sucede a mi alrededor está totalmente fuera de mi control. ¿Y si no hay modo de evitarlo? Se aprende a vivir con ello y se busca la vuelta, sin peleas ni broncas que me envejecen más y no causan ningún efecto.

 Entre la barahúnda de miedo, gusto, susto y preocupación de estos días, eso de vivir en un país en guerra con un tercero más grande es algo que solo sucede en las películas y los noticieros. Pero hoy día estoy viendo en primera fila cómo se va fraguando la condición para una escabechina nivel siglo XIX. Lo único que reconforta es que soy un sobreviviente: crecí pescando, flojeando en la playa, perdido entre niños sin supervisión paterna; entre fracturas, accidentes serios como una electrocución cercana a la muerte y todas las barbaridades de la juventud en mi Maracay natal, donde, por alguna razón, los madrazos son parte de los rituales de crecimiento. Tres días de guerra no me van a matar, a menos que se me ocurra salir a ver el panorama, tomar fotos —de eso no estoy muy seguro de no querer hacerlo— o que un misil perdido termine en la sala de mi apartamento alquilado.

 Voltear a ver los últimos 25 años de historia nacional será un acto (casi) tan vergonzoso como la historia de la Alemania nazi. La peor parte es que parece ser una costumbre nacional casi desde la misma concepción de lo que hoy llamamos país. Hacer ese ejercicio, llenándome de historia nacional por todas las fuentes posibles, me obliga a confirmar mi tesis: “Entre la realidad y la ficción, lo único que las diferencia es que la ficción tiene reglas”. En palabras de García Márquez, quien sabía de esto mucho más que yo: “La diferencia entre la realidad y la ficción es de forma, no de fondo”.

 Ambas sentencias me permiten pensar en la evolución de los escenarios posibles: las cacerías de brujas, los presos, la militarización (sí, se puede más) durante tiempo indefinido, las escabechinas de todo el malandraje suelto que serán inevitables, la desbandada de militares desempleados, los miles de generales sin empleo ni mando, los gerentes, ministros, gobernadores, alcaldes y todo su personal de confianza bajo investigación, el vacío de poder, los empleos de quienes pertenecemos al 60 % de la fuerza laboral del país… Vale, no es mi único empleo, pero no está fácil perderlo y quedar empantanado para siempre jamás. También están los policías y similares desempleados. En total, va a ser un despelote de nivel imposible.

 Todos se hacen los locos. Nadie parece darse cuenta, salvo en los crispados rostros de policías, militares y la inmensa cantidad de encapuchados —no menos preocupantes— que deben tener un empleo tan degradante que necesitan esconder sus rostros. También en las redes sociales y en las casas donde hay milicianos, pobres seres. Todo eso traerá una limpieza tan grande que será horrible, pero es el precio que ha de pagarse por dejar de reptar para ganar apenas lo suficiente para sobrevivir, sin importar mucho lo que hagas, sobre todo para quienes trabajamos con el intelecto.

 Cuando era niño, por alguna razón vi muchas películas donde grandes ejércitos se enfrentaban a campo abierto. La mayoría de los niños veía al héroe; yo pensaba en cuánto miedo tendrían esos hombres antes de batirse a cuchillo con otros tantos que tenían la misma intención. La mayoría de los soldados no tiene voz ni voto: van a la carnicería forzados por la recluta. Todo lo que ahí sucede es cuestión del lavado cerebral de los militares. Pero en estos tiempos, donde los ejércitos no se enfrentan de verdad desde 1905, habrá dos opciones: entregas voluntarias y otras violentas. En este último caso, no tendrán mucho chance. En Venezuela hay más oficiales que tropa; casi ninguno se entrena con la regularidad debida (los que entrenan), y el resto solo conserva lo aprendido en su juventud.

 La historia es una profesora sangrienta y cruel que jamás aprueba a nadie con la máxima nota. Y la mayoría somos unos estudiantes mediocres. Así que amanecerá y veremos: que los míos estén bien, que el enemigo desaparezca y que el mundo se tiña de colores.

José Ramón Briceño Diwan

Caracas 08/09/2025

 


 

lunes, septiembre 01, 2025

Crónica de la desolación

 Para nadie es un secreto que, en Venezuela, entre 2013 y 2019 la crisis nos estuvo demostrando que Nietzsche tenía razón: “siempre se puede estar peor”. Es una época que, tal cual un Quijote cualquiera, “no quiero volver a recordar”. Pues eso somos la mayoría de los venezolanos: una suerte de Quijotes tropicales que día a día tenemos que pelear con molinos de viento pintados de verde, que además cuentan con un presupuesto de propaganda tan alto que, si te descuidas, empiezas a pensar que estás paranoico y que te lo imaginas todo.

Una de las costumbres que me he visto obligado a adquirir es la de analizar todo lo que hago, digo y pienso, no vaya a ser que le suelte a alguien alguna respuesta que me incrimine. Vaya usted a saber de qué, pero en un momento histórico como este, ser incriminado de cualquier cosa es factible. Entre la posverdad, la cancelación digital y la discrecionalidad de las leyes, nadie está seguro de ser totalmente inocente, ni siquiera de pensar. Si alguien te descubre pensando fuera de lo que debería pensar el rebaño, capaz terminas detenido por cualquier delito, real o inventado. Eso, al final, no tiene importancia.

En estos tiempos hay que convertirse en un nigromante de las noticias, tener algo de conocimiento de la historia nacional (la de verdad, no los panfletos de propaganda que nos clavan por los medios oficiales desde 1890), no creer en nada y buscar la verdad precisamente entre lo que nadie dice. Todo bajo dos máximas: “siempre se puede estar peor” y “piensa mal y acertarás”, muy a lo Maquiavelo. El pensamiento mágico-positivista puro no alcanza. Aunque toque trabajar igual, sabes que debes estar en el malabar de buscar cómo sobrevivir entre la avalancha de la desinformación, la información (a veces indistinguibles) y la devaluación constante; sumado a la autocensura y la co-censura, pues nunca sabes de dónde saldrá la denuncia: puede ir desde el vecino hasta el que te vende los productos en la bodeguita. Nadie sabe quién es quién.

El cuento de fondo es que cada vez que vamos sacando la cabeza del foso, algo sucede y deshace todo como si de un castillo de naipes se tratase. Nada puede ir bien hasta que se tropieza con la glotonería fiscal, la voracidad de los entes gubernamentales o la necesidad de algún general, camarada, diputado o almirante por obtener fondos de alguna parte, sin detenerse a pensar en todos los que arrastra en la caída. Este mes he comenzado a hacer un ejercicio diario: despertarme, darle un beso a mi esposa, un abrazo a mi gato, tomarme un café acompañado de un cigarrillo, pensando en la felicidad que eso me da. Hace seis años era un sueño; hoy es realidad. Aunque queremos más, al menos ya llevamos andado un camino que hace unos años veíamos imposible. Por tanto, más allá de las noticias, la posverdad, los marines, la devaluación, la recluta y el desconcierto por un futuro cada vez más incierto, no me va tan mal. Tengo para las facturas, la nevera con comida, un gato gigante, una mujer maravillosa y un internet funcional. Así que, más allá de las dificultades, toca seguir trabajando.

Puedo pensar miles de cosas, hacer cientos de escenarios, ponerme lo suficientemente nervioso como para que la ansiedad me obligue a tomar un ansiolítico y bajarle dos a los nervios, intentando racionalizar este natural pánico hacia el futuro que cada mañana me toma por los pies e interrumpe mi felicidad al recordarme que, entre las cosas efímeras de la vida, la felicidad es la más frágil, a pesar de todo lo que digan los gurúes del buen vivir. Precisamente esas cosas que están fuera de mi control son las que más daño hacen. No importa que, entre Indiana Jones y uno, solo falte vestirse de caqui, usar un sombrero y mostrar el látigo colgando del cinturón: el país entero parece estar en tu contra. Aun con el conocimiento de que, para el país, eres apenas un número de cédula y un RIF, sin importancia en las decisiones ni en las acciones —razón por la cual ni siquiera vale la pena discutir sobre la torpeza política y económica de las élites que solo velan por sus intereses—, igual inventan algo que te trastoca la vida.

A mis 53 años pienso que todo sucede por una razón, la mayoría de las veces buena, aun cuando uno no entienda mucho por dónde va el asunto. Por ejemplo, todo lo que sucedió de 2015 hasta acá ha cambiado mi visión personal del mundo. He logrado aprender cosas nuevas, emprender desde cero y con paciencia, hacer malabares con dos trabajos y hasta descubrir nuevos talentos. Espero que lo que vaya a suceder en Venezuela sea para mejor; no importa por dónde termine, igual no tengo poder alguno sobre ninguna decisión. Amanecerá y veremos en su momento. Por ahora, según la lógica de las acciones, falta un trecho oscuro y violento por transitar. Solo quiero que la luz al final del túnel llegue, que pase lo que tenga que pasar y que mi resiliencia active las neuronas para seguir manteniendo —y hasta mejorando— mi vida actual. Que a todos los que transitan por el mismo páramo les vaya bien y quienes se porten mal encuentren al karma de frente. Igual siempre habrá que trabajar y, si lo vemos de un modo menos amargo, el final para todos es el mismo. Aunque personas como yo nos neguemos a un foso, prefiero que hagan cenizas mi cuerpo y que abone una tierra que dé frutos antes que la soledad de una lápida. De todas maneras, el olvido será el mismo.

José Briceño
01/09/2025