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lunes, septiembre 08, 2025

Estos días


 

Una de las verdades inobjetables de la vida es que el 99,999 % de la población pasará al olvido en dos generaciones. El resto está constituido por los genios a quienes se les rinden homenajes. Por esa razón estoy convencido de que pertenezco a la abrumadora mayoría de NPC que pulula en el mundo. Por tanto, mi opinión es absolutamente irrelevante; así que, con tal de que yo me lo crea, voy bien. Aceptar eso me ha dado no solo la libertad, sino también la calma de saber que todo lo que sucede a mi alrededor está totalmente fuera de mi control. ¿Y si no hay modo de evitarlo? Se aprende a vivir con ello y se busca la vuelta, sin peleas ni broncas que me envejecen más y no causan ningún efecto.

 Entre la barahúnda de miedo, gusto, susto y preocupación de estos días, eso de vivir en un país en guerra con un tercero más grande es algo que solo sucede en las películas y los noticieros. Pero hoy día estoy viendo en primera fila cómo se va fraguando la condición para una escabechina nivel siglo XIX. Lo único que reconforta es que soy un sobreviviente: crecí pescando, flojeando en la playa, perdido entre niños sin supervisión paterna; entre fracturas, accidentes serios como una electrocución cercana a la muerte y todas las barbaridades de la juventud en mi Maracay natal, donde, por alguna razón, los madrazos son parte de los rituales de crecimiento. Tres días de guerra no me van a matar, a menos que se me ocurra salir a ver el panorama, tomar fotos —de eso no estoy muy seguro de no querer hacerlo— o que un misil perdido termine en la sala de mi apartamento alquilado.

 Voltear a ver los últimos 25 años de historia nacional será un acto (casi) tan vergonzoso como la historia de la Alemania nazi. La peor parte es que parece ser una costumbre nacional casi desde la misma concepción de lo que hoy llamamos país. Hacer ese ejercicio, llenándome de historia nacional por todas las fuentes posibles, me obliga a confirmar mi tesis: “Entre la realidad y la ficción, lo único que las diferencia es que la ficción tiene reglas”. En palabras de García Márquez, quien sabía de esto mucho más que yo: “La diferencia entre la realidad y la ficción es de forma, no de fondo”.

 Ambas sentencias me permiten pensar en la evolución de los escenarios posibles: las cacerías de brujas, los presos, la militarización (sí, se puede más) durante tiempo indefinido, las escabechinas de todo el malandraje suelto que serán inevitables, la desbandada de militares desempleados, los miles de generales sin empleo ni mando, los gerentes, ministros, gobernadores, alcaldes y todo su personal de confianza bajo investigación, el vacío de poder, los empleos de quienes pertenecemos al 60 % de la fuerza laboral del país… Vale, no es mi único empleo, pero no está fácil perderlo y quedar empantanado para siempre jamás. También están los policías y similares desempleados. En total, va a ser un despelote de nivel imposible.

 Todos se hacen los locos. Nadie parece darse cuenta, salvo en los crispados rostros de policías, militares y la inmensa cantidad de encapuchados —no menos preocupantes— que deben tener un empleo tan degradante que necesitan esconder sus rostros. También en las redes sociales y en las casas donde hay milicianos, pobres seres. Todo eso traerá una limpieza tan grande que será horrible, pero es el precio que ha de pagarse por dejar de reptar para ganar apenas lo suficiente para sobrevivir, sin importar mucho lo que hagas, sobre todo para quienes trabajamos con el intelecto.

 Cuando era niño, por alguna razón vi muchas películas donde grandes ejércitos se enfrentaban a campo abierto. La mayoría de los niños veía al héroe; yo pensaba en cuánto miedo tendrían esos hombres antes de batirse a cuchillo con otros tantos que tenían la misma intención. La mayoría de los soldados no tiene voz ni voto: van a la carnicería forzados por la recluta. Todo lo que ahí sucede es cuestión del lavado cerebral de los militares. Pero en estos tiempos, donde los ejércitos no se enfrentan de verdad desde 1905, habrá dos opciones: entregas voluntarias y otras violentas. En este último caso, no tendrán mucho chance. En Venezuela hay más oficiales que tropa; casi ninguno se entrena con la regularidad debida (los que entrenan), y el resto solo conserva lo aprendido en su juventud.

 La historia es una profesora sangrienta y cruel que jamás aprueba a nadie con la máxima nota. Y la mayoría somos unos estudiantes mediocres. Así que amanecerá y veremos: que los míos estén bien, que el enemigo desaparezca y que el mundo se tiña de colores.

José Ramón Briceño Diwan

Caracas 08/09/2025

 


 

lunes, septiembre 01, 2025

Crónica de la desolación

 Para nadie es un secreto que, en Venezuela, entre 2013 y 2019 la crisis nos estuvo demostrando que Nietzsche tenía razón: “siempre se puede estar peor”. Es una época que, tal cual un Quijote cualquiera, “no quiero volver a recordar”. Pues eso somos la mayoría de los venezolanos: una suerte de Quijotes tropicales que día a día tenemos que pelear con molinos de viento pintados de verde, que además cuentan con un presupuesto de propaganda tan alto que, si te descuidas, empiezas a pensar que estás paranoico y que te lo imaginas todo.

Una de las costumbres que me he visto obligado a adquirir es la de analizar todo lo que hago, digo y pienso, no vaya a ser que le suelte a alguien alguna respuesta que me incrimine. Vaya usted a saber de qué, pero en un momento histórico como este, ser incriminado de cualquier cosa es factible. Entre la posverdad, la cancelación digital y la discrecionalidad de las leyes, nadie está seguro de ser totalmente inocente, ni siquiera de pensar. Si alguien te descubre pensando fuera de lo que debería pensar el rebaño, capaz terminas detenido por cualquier delito, real o inventado. Eso, al final, no tiene importancia.

En estos tiempos hay que convertirse en un nigromante de las noticias, tener algo de conocimiento de la historia nacional (la de verdad, no los panfletos de propaganda que nos clavan por los medios oficiales desde 1890), no creer en nada y buscar la verdad precisamente entre lo que nadie dice. Todo bajo dos máximas: “siempre se puede estar peor” y “piensa mal y acertarás”, muy a lo Maquiavelo. El pensamiento mágico-positivista puro no alcanza. Aunque toque trabajar igual, sabes que debes estar en el malabar de buscar cómo sobrevivir entre la avalancha de la desinformación, la información (a veces indistinguibles) y la devaluación constante; sumado a la autocensura y la co-censura, pues nunca sabes de dónde saldrá la denuncia: puede ir desde el vecino hasta el que te vende los productos en la bodeguita. Nadie sabe quién es quién.

El cuento de fondo es que cada vez que vamos sacando la cabeza del foso, algo sucede y deshace todo como si de un castillo de naipes se tratase. Nada puede ir bien hasta que se tropieza con la glotonería fiscal, la voracidad de los entes gubernamentales o la necesidad de algún general, camarada, diputado o almirante por obtener fondos de alguna parte, sin detenerse a pensar en todos los que arrastra en la caída. Este mes he comenzado a hacer un ejercicio diario: despertarme, darle un beso a mi esposa, un abrazo a mi gato, tomarme un café acompañado de un cigarrillo, pensando en la felicidad que eso me da. Hace seis años era un sueño; hoy es realidad. Aunque queremos más, al menos ya llevamos andado un camino que hace unos años veíamos imposible. Por tanto, más allá de las noticias, la posverdad, los marines, la devaluación, la recluta y el desconcierto por un futuro cada vez más incierto, no me va tan mal. Tengo para las facturas, la nevera con comida, un gato gigante, una mujer maravillosa y un internet funcional. Así que, más allá de las dificultades, toca seguir trabajando.

Puedo pensar miles de cosas, hacer cientos de escenarios, ponerme lo suficientemente nervioso como para que la ansiedad me obligue a tomar un ansiolítico y bajarle dos a los nervios, intentando racionalizar este natural pánico hacia el futuro que cada mañana me toma por los pies e interrumpe mi felicidad al recordarme que, entre las cosas efímeras de la vida, la felicidad es la más frágil, a pesar de todo lo que digan los gurúes del buen vivir. Precisamente esas cosas que están fuera de mi control son las que más daño hacen. No importa que, entre Indiana Jones y uno, solo falte vestirse de caqui, usar un sombrero y mostrar el látigo colgando del cinturón: el país entero parece estar en tu contra. Aun con el conocimiento de que, para el país, eres apenas un número de cédula y un RIF, sin importancia en las decisiones ni en las acciones —razón por la cual ni siquiera vale la pena discutir sobre la torpeza política y económica de las élites que solo velan por sus intereses—, igual inventan algo que te trastoca la vida.

A mis 53 años pienso que todo sucede por una razón, la mayoría de las veces buena, aun cuando uno no entienda mucho por dónde va el asunto. Por ejemplo, todo lo que sucedió de 2015 hasta acá ha cambiado mi visión personal del mundo. He logrado aprender cosas nuevas, emprender desde cero y con paciencia, hacer malabares con dos trabajos y hasta descubrir nuevos talentos. Espero que lo que vaya a suceder en Venezuela sea para mejor; no importa por dónde termine, igual no tengo poder alguno sobre ninguna decisión. Amanecerá y veremos en su momento. Por ahora, según la lógica de las acciones, falta un trecho oscuro y violento por transitar. Solo quiero que la luz al final del túnel llegue, que pase lo que tenga que pasar y que mi resiliencia active las neuronas para seguir manteniendo —y hasta mejorando— mi vida actual. Que a todos los que transitan por el mismo páramo les vaya bien y quienes se porten mal encuentren al karma de frente. Igual siempre habrá que trabajar y, si lo vemos de un modo menos amargo, el final para todos es el mismo. Aunque personas como yo nos neguemos a un foso, prefiero que hagan cenizas mi cuerpo y que abone una tierra que dé frutos antes que la soledad de una lápida. De todas maneras, el olvido será el mismo.

José Briceño
01/09/2025