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martes, noviembre 24, 2020

Lo que el caracazo dejó

 

Hace no sé cuántos años sucedió un evento que la historia ha dado en llamar “El caracazo”, una ola de protestas violentas que se regaron por todo el país, entrando en una muy breve guerra civil cuyo alcance nadie supo medir en su momento, por supuesto los acontecimientos actuales , así como los de nuestro pasado reciente son producto directo de aquel fallido evento, pero que a la luz de los acontecimientos fue un gran triunfo para muchos que hoy detentan poder, algunos ya murieron, como su artífice Fidel, otros cómplices permanecerán siempre en las sombras, que además sean hasta de difícil sospecha en el teatro de los extremos posibles y los engaños monstruosos que supone la política latinoamericana, desde siempre.

De esa época (la del caracazo) lo único relevante es que cursaba creo que quinto año de bachillerato y una tarde los alumnos del centro de estudiantes convocaron a huelga, recuerdo que mi profesora de historia se alzó de hombros y nos dejó ir, de hecho nos instó, salí alucinado, por primera vez iba a estar involucrado en una protesta de grado universitario, como las que hablaban los tíos que sucedía en sus universidades (UCV, UDO y UC) , me sentía ir a una batalla simbólica pues suponía que las protestas habían sido homerizadas por mis tíos para sentirse más valientes , epopeyas de pobres de los años ochenta por tirar tres piedras y mentar madres a los policías se sentían casi el Masiste de las películas de Romanos de su infancia. Salimos a la avenida y allí alguien secuestró (o estaba a disposición, no recuerdo) de un autobús de la ruta estatal que nos llevó  al epicentro de la ciudad (el centro) allí el encanto se destrozó cuando vi a un compañero del liceo golpear una vitrina que casi le cercenó el brazo derecho, enseguida los gritos, las carreras y el desorden del pánico general ante la vista de sangre, hizo que el asunto se pusiera más álgido y como si los negocios aledaños tuviesen la culpa de la brutalidad suicida de un exaltado, los demás apedrearon vitrinas y los demás saqueaban, vaciaban morrales y bolsos dejando los libros tirados para recoger lo que las piedras habían dejado a mano, caminé todo lo rápido que podía, menos mal por aquellos años trotaba dos kilómetros cada madrugada y hacia una hora de gimnasio cada noche por lo que de correr no habría gran problema, ahora me desmayaría, la policía había hecho cordones de seguridad emponzoñados de agentes esperando la orden de disparar, solo quedaba seguir hacia adelante con la esperanza de dejar algún espacio entre nosotros y los policías, solo para terminar en una plaza rodeados por guardias nacionales que siempre han sido temibles, comenzaron las bombas lacrimógenas y uno que otro disparo, esos los escuché cuando estaba sentado en el segundo banco del ala izquierda de la catedral el único santuario posible en aquel desastre, allí espere una media hora , cuando el estruendo de gritos y humo bajo de intensidad , busqué refugio en la ferretería de uno de mis tíos políticos más entrañables (se llamaba “ferretería Los Tigres”) , quien muy amablemente me llevó a casa.

El estado de conmoción duró unas semanas, desde la tarde de protestas hasta que las calles quedaron despejadas de militares pasó un tiempo, lo único bueno de aquellos días era que conocíamos a unos buenos amigos  que nos permitieron romper el toque de queda con música y licor, alguna vez hasta escoltados por policías que velaban el cumplimiento de la norma que rompíamos los amigotes de la época. Aquellos días era normal tropezarse hasta tanques de guerra por las calles de la ciudad, además como siempre, los soldados que se supone están del mismo lado que tú, te tratan como enemigo, algo bastante desagradable.

Aunque ustedes crean que este texto terminará con alguna bomba histórica, de esas cosas que uno se entera cuando conversa con un coronel retirado que trabajaba en casa militar en aquella época o los cuentos de varios profesores (hace rato jubilados) comprometidos con la acción de aquel día, están equivocados, la única relación que puedo trazar con absoluta certeza es que en aquellos días vi por primera vez el rostro amargo de la desesperanza, cada vez que pienso en los posibles futiros inmediatos de mi país, por alguna razón mnemotécnica termino viendo a imagen de los soldados con su bayoneta calada mirándome feo desde los semáforos, las barricadas artilladas frente al cuartel que hasta hace poco albergó los cuarteles de la cuarta división blindada y los de la división de inteligencia militar, el terminal de pasajeros de la ciudad con soldados pidiendo documentos, cacheando ciudadanos y arrestándolos sin mucha discusión so pena de un disparo a quema ropa, jeeps artillados a las puertas de los supermercados, barricadas con soldados armados en cualquier esquina y toque de queda desde el amanecer hasta el anochecer , todo el que conocía una calle tropical en aquellos años puede dar fe del estruendo constante que viven los vecinos hasta caer la noche, en aquellos días el silencio aturdía todo el día, el ambiente era de velorio. Esa vez, la desesperanza ya se valía de las bayonetas, hoy, aunque no las vea, sigo presintiéndolas cerca para volverme un acerico al primer descuido.

Aquel susto constante, el pánico generalizado, la impertinente amenaza velada que uniformada defiende la patria haciendo a todos de enemigos potenciales, aquella desazón, ahora sé que significa desesperanza, el caracazo no ha terminado, solo que ahora es peor y al igual que aquellos días, se adjetivará correctamente cuando los destrozos sean irreversibles, lo que sucede es que este es un país grande, con muchos negocios posibles, cuando ya ninguno opere sin grandes pérdidas, en ese instante los historiadores comenzaran a relatar historias, adjetivaran esta época y al igual que con la narrativa histórica que se integra con un antes y un después, seguro comenzarán en los años (antes) del caracazo y lo que venga luego, si es que hay uno.

José Briceño

19-11-2020



 

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