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jueves, febrero 18, 2016

Ensayo sobre la felicidad

Hoy he amanecido tan deprimido que no voy a relatar nada de lo que por acà pasa, solamente voy a compartir un cuento sobre la felicidad, espero les guste y me cuenten.



Ensayo sobre la felicidad

La noche de un lunes antes de quincena, frente a mi computadora oyendo a Joan Manuel Serrat, una canción que habla de un hombre que tiene un amigo que dicen que dijo que un día fue feliz, me causó cierta incomodidad la sensación por lo que toca hacer ejercicios imaginativos para encontrar algo similar a eso de ser felices en estos tiempos de crisis. Se hizo la noche y me dormí pensando en lo increíble de que un sentimiento tan agradable como la alegría sea tan difícil de pensar en estos tiempos.

De improviso tenía mismo empleo en los años setentas, una vida idéntica en esa de esta dimensión durante una época que no conocí, pero con los recuerdos de estos tiempos, en un gran aparato blanco y negro, me frustraba no encontrar el control remoto pero al detallar el modelo del televisor caí en cuenta que no son tan comunes esos accesorios en esta época, faltarían todavía varios años más para su popularización con la ventaja añadida del color.  veía un noticiario diciendo que la carne costaría apenas tres bolívares y el licor (ahora casi imaginario) tenía un aumento de un seis por ciento, el narrador de la noticia hablaba con espanto de el alto costo de la vida con apartamentos impagables que podías comprar a plazos largos a cualquier banco, lo de la tasa de entrés que había subido medio punto en los últimos diez años, la inflación de un durísimo porcentaje de 7% en los últimos 24 meses (para ponerla más trágica pues dos años no tienen tantos caracteres) , en el sueño me reía a carcajadas de la situación , mi viejo me acusó de estar drogado, mi madrastra confirma que estoy loco de bola, mi hija sonríe feliz, mi exesposa se frota las manos pensando en la venganza amable de toda ex que se respete, mis tías dolidas junto al a la familia cercana me mandaron al psiquiatra. En los días sucesivos mi ánimo mejoró hasta llorar de felicidad cada vez que entraba a un supermercado, una licorería, juguetería y hasta la bodega de la esquina, donde el amable Joao tenía en existencia unos pimentones morrones enlatados similares a los que descubrí en mi despensa, esos que me comí esta tarde como merienda, bañados en aceite de oliva extra virgen con algo de sal y pimienta sobre pan tostado con algunas lonjas de un jamón ibérico que me encontré en la nevera, por pura gula de probar cosas imposibles para mi economía del futuro 

Mientras acababa el noticiero con aquella marcha que lo caracterizaba, sonó el teléfono, un feo aparato gris y blanco, cuyo sonido le daba énfasis a su perfectamente espantosa apariencia, la llamada era de unos amigos que seguramente (imagino) han de ser iguales a los de estos tiempos aunque de seguro con estampa setentera, decían que me llamaban tan temprano para invitarme a beber. 

Pasé el rato acostumbrándome a esa nueva vida, sin los adelantos que para todos seguramente sonaban a ciencia ficción pero que para cualquier mortal del siglo XXI son indispensables para vivir, cayó la tarde sin el éxodo común de todos los ciudadanos corriendo a encerrarse en sus casas no vaya a ser que el hampa se antojara de algún despistado, volvió a sonar el aparato ese horroroso de la sala, eran de nuevo los amigos para avisar que venían por mí, a pesar del cambio igual me disgustaba manejar y la prevención va primero pues pensaba beber todo el wiski que pudiera y manejar ebrio no es una opción, aunque mis amigos de seguro dicen que borrachos manejan mejor. 

Vinieron por mí, entre una cosa y otra, brindis, comidas, conversas, hice un aparte con algunos invitados para saber la razón de tanta alegría por mi presencia. Según pregunté esa noche (de manera velada) a todos sobre la razón del apuro por hacer cita, el comentario general fue que se enteraron que el entusiasmo es contagioso y los tragos hacen más sensible a cualquiera, además habían constatado que por alguna razón les daba buenos consejos para el futuro. Las esposas dejaron de verme como mala influencia e instaban a sus maridos a invitarme a comer, me compraban fotos y libros solamente para regodearse en estar “cerca de mí”, algunos usaron mis referencias en los diarios dándome fama inmediata (no había internet así que todo era más contundente ya que la gente leía y pensaba más), todo parecía un regalo y así se lo hacía ver a los demás.

Era la sensación de estar intoxicado de alegría, como si me hubiese hecho una masiva inyección de Cannabis Sativa (me han  contado lo que se siente fumar eso) con música de fondo hasta en la calle, pues era un fulano de clase media con viajes dos veces al año, carro en la casa que por cierto había comprado ese año, biblioteca gigante, restaurante de lujo una vez al mes, derroches alcohólicos de vapores ingleses de 21 años, casa de playa (alquilada), mercado que incluye una moderada porción de delicateses , cigarrillos importados, colonia francesa original, parrilla mensual de pieza entera, póliza de seguro privado, champú, papel higiénico olor a melocotón, acampadas a la orilla del mar, caminatas a media noche por la ciudad, de solo usar efectivo pues no existían cajeros automáticos, zapatos ingleses , reloj, cadena y anillo de oro sin esconder para la caminata, ríos transparentes y limpios, amplias calles llenas de árboles, Nutella para la merienda y ahorros para la pensión de vejez pues la moneda no se devaluaba.

Como comprenderán , me sentía como acabado de escapar del infierno para pasar a uno menos amargo pues las torturas y los terrores son de menor intensidad que los vividos en la dimensión anterior, sin embargo la naturaleza humana parece ser inconforme hasta con la felicidad pues nadie entendía que todo estaba bien, que nada era tan grave, que se dedicaran a seguir así, que la izquierda estaba perdida, que sus intelectuales no lo eran tanto ya que se dedicaban a militar con la izquierda sin pensar dentro de su vasta inteligencia que colaboraban con la cosa más espantosa inventada por el hombre, aunque creo que esos señores (los “intelectuales”) lo sentían tan improbable de vivir que no hacían más que fabular para justificar su inconformidad y postura crítica.

No hallaba como hacer entender que el futuro era tan sombrío que su miseria es la alegría de cualquier contemporáneo, ahí comenzó a hacerse pesadilla pues terminaba encerrado y perseguido por todos, los que pensaban que estaba loco además de algunos factores de poder, acosados por mis sarcasmos impresos en la prensa nacional, junto al incomodo apartheid de la comunidad cultural pues con los consejos les espantaba a los clientes que comenzaron a pedir paisajes tipo portada de “Atalaya” (la revista que regalan las viejitas testigos de Jehová e los autobuses) que les cercenaban los bocetos de sus visones patrioteras ruso leninistas con barba y habano por los que cobraban cifras millonarias bebían buen vino, buenos habanos, placeres varios con viaje a París o New York para fusilar a los galeristas de allá, cosa que ya los tenia desesperados pues tenían una crisis de fe ateo comunista que les era abiertamente criticada hasta la tortura por parte de los líderes del partido comunista que residían todos en alguna urbanización al este de la capital.

Llegaron a tal punto que comenzaron a matar indiscriminadamente a cualquier personaje medianamente influyente, como todo artista que se precie tiene pretensiones de ser el mejor para poder acceder a “grandeza” y la fama, estaban asustados por la inseguridad de lo deseado, la crítica ya no tenía asidero para poder vivir pues al final  sin novedades artísticas ni pose política que asumir que no sonara a rebelión perderían la credibilidad de galeristas, museos, periódicos o revistas para segregar su veneno, la crítica estaba amenazada por perdida de interés en sus dicterios por parte del gran público culto del país, eso significaba aprender algún oficio decente con menos ingresos para poder ganarse la vida. Lo que para mí significaba que  tenía  enemigos poderosos que apoyaban su talento para atentar en mi contra.

Salí a comprar cigarrillos solo para comprobar que ahora es muy barata la marca que me gusta fumar, en la panadería de la esquina  me encontré de frente con la tropa de artistas y críticos que me reclamaban por envenenar con fantasías de libre mercado, trabajo y superación personal a los ricos con “conciencia social” que compraban su “obra”, los ánimos subieron de nivel, en algún momento comenzó un intercambio desigual de empujones, puñetazos, patadas y carreras pues el instinto de supervivencia siempre gana, a las dos cuadras pasaron factura los veinte cigarrillos diarios, perdía velocidad, tenía un miedo africano pero por obra y gracia de la adrenalina mantenía una saludable distancia de mis perseguidores, quienes se supone conformaban buena parte de la cultura nacional que junto a los disfrazados de intelectuales  me perseguían. 

Corría por una calle que no conocía pero era muy limpia, cosa que me parecía extraño y a pesar del susto con ahogo de quien no está acostumbrado a correr, me hacía voltear para admirar esa ciudad desconocida, entré a un edificio buscando despistar, comencé a subir las escaleras para poner más distancia, al tomar unos minutos de descanso sentí el ruido de  la turba, estaban más cerca, seguí subiendo , ya los oía a pocos pisos de distancia, con sus gritos, mentadas de madre, maldiciones en varios idiomas, palabrotas conocidas y desconocidas, en el último piso no tuve más escapatoria que salir a la azotea con la esperanza de que no me buscasen allí, buscando algo con que bloquear la puerta, se oyó un estrepito de gente desaforada gritando mi nombre, me encontraron, estaba perdido, no entendían nada, intenté razonar aludiendo a su intelecto pero estaban fuera de sí, me rodeaban varios que reconocí como  (ex) amigos que iban  armados de palos, piedras  y uno que otro trípode, no tenía escapatoria , en medio de la angustia recordé que todo era solo un mal sueño, no pasaba nada. Salté al vacío.
José Ramón Briceño, 2016
@jbdiwancomeback





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